MARX PIQUETERO: “los Talleres Nacionales habían constituido la fuerza de combate organizada del proletariado revolucionario”

La Revolución francesa de 1848 llevó a Louis Blanc al gobierno provisional de la Segunda República que proclamó el 25 de febrero de 1848 el derecho al trabajo

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Talleres Nacionales (Francia)

Los Talleres Nacionales (ateliers nationaux en francés) fueron una organización estatal destinada a dar trabajo a los desempleados parisinos en los primeros meses de la Segunda República francesa. El Estado francés se encargaba de crear obras en las que emplear a los trabajadores en paro, de la organización de los Talleres, y de pagar a los obreros. Esta experiencia social duró del 27 de febrero de 1848 al 20 de junio de 1848.

Origen[editar]

En su obra Organisation du travail (Organización del trabajo) (1839), Louis Blanc contemplaba la creación de “talleres sociales” que serían cooperativas de producción para obreros del mismo ramo, pero sin director o “patrón”. El Estado tenía que favorecer su creación aportando el capital inicial. Los Talleres Nacionales fueron creados precipitadamente y su diseño quería contrarrestar este modelo, inspirándose en los talleres caritativos que ya existían en el Antiguo Régimen.

La Revolución francesa de 1848 llevó a Louis Blanc al gobierno provisional de la Segunda República que proclamó el 25 de febrero de 1848 el derecho al trabajo. Pidió en vano la creación de un Ministerio de Trabajo, pero el gobierno se limitó a crear una comisión, la Comisión del Luxemburgo (del nombre del palacio donde se reunía), en la que economistas liberales, teóricos socialistas y delegados obreros tenían que elaborar un plan de organización del trabajo. La Comisión no disponía de presupuesto propio, contrariamente a los deseos de Louis Blanc. Fue nombrado presidente, un puesto que acepto con escepticismo, y el obrero Albert, que era también miembro del gobierno, vice-presidente.

Los Talleres Nacionales[editar]

Creación[editar]

Los talleres fueron inaugurados el 27 de febrero de 1848 por el Ministro de Obras Públicas Marie. Su dirección fue confiada al ingeniero químico Émile Thomas (que no tenía competencias relacionadas con la misión encargada), ayudado por los alumnos de la Escuela Central de París.

Funcionamiento[editar]

Los Talleres Nacionales se estructuran según una organización de tipo militar. De hecho, los obreros son miembros de la Guardia Nacional que desde el 8 de marzo de 1848 está abierta a todos, y cuyos efectivos pasan de 56.751 hombres el 1 de febrero a 190.299 el 18 de marzo. Todo obrero que haga una guardia recibe 2 francos presentando el debido certificado. Algunos miembros del gobierno consideran a los obreros de los Talleres Nacionales como un ejército de reserva que podría intervenir al lado de la Guardia Móvil y del Ejército en caso de levantamiento popular.

Los obreros trabajan de las 6:30 de la mañana hasta las 18:00 horas, con un desayuno de 9 a 10 y un almuerzo de 14 a 15 horas. Se pasan listas dos veces al día y toda ausencia es penalizada económicamente. Una ausencia de dos días seguidos conlleva la expulsión de los Talleres.

El jornal se remunera con 2 francos y la paga sube en función del grado de responsabilidad en la organización, hasta 3 francos para los brigadas y 4 francos para los tenientes. Los alumnos de la Escuela Central cobran 5 francos al día independientemente de su rango. Como resulta imposible emplear a todos los obreros todos los días (se estima que el trabajo efectivo ocupaba uno de cada cuatro días), se paga una indemnización de 1,50 francos por día de inactividad. Debido al aumento considerable de los trabajadores inscritos en los Talleres, a partir del 17 de marzo esta indemnización se reduce en 50 céntimos y se suprime la paga de los domingos. En aquel momento, la libra de pan costaba una media de 35 céntimos. Los obreros más necesitados se benefician diariamente de unos cupones para comprar pan, carne y caldo. Si el obrero enferma, la organización asume los gastos de hospitalización y su mujer y sus hijos reciben ayuda a domicilio. En caso de accidente de trabajo, la familia percibe la indemnización por inactividad. Los Talleres Nacionales disponían de una oficina médica compuesta de 12 médicos que atendían in situ y realizaban visitas a domicilio.

Obras públicas[editar]

Los Talleres Nacionales asumieron varias obras de construcción y pavimentación en las que el trabajo ofrecido no correspondía obligatoriamente a la cualificación de los obreros en paro. Una encuesta del 19 de mayo de 1848 revela que se contabilizaban 216 profesiones diferentes entre los obreros de los Talleres, con una amplia representación de artesanos, una característica de la población parisina (joyeros, cerrajeros, ebanistas…). Según la declaración de Emile Thomas ante la comisión de investigación que se creó después de su supresión, de 115.000 hombres 70.000 tenían una profesión relacionada con la construcción y entre 10.000 y 15.000 no tenían ninguna profesión declarada. Los demás ejercían distintas profesiones, algunas relacionadas con la industría de lujo (joyería, trabajo del bronce, “artículos de París”).1

Las obras públicas emplean a la mayoría de estos obreros. El nivelamiento de la plaza de Europa, cerca de la estación de Saint-Lazare, fue obra de ellos, participaron en las obras realizadas por las compañías privadas de ferrocarril en París y sus afueras, y como faltaba trabajo se encargaron de sustituir los árboles destruidos por las jornadas revolucionarias de febrero. Pero muchos de ellos no tenían en qué emplearse.

Cierre y represión[editar]

Los Talleres Nacionales fueron víctimas del cambio político que se operó en la primavera de 1848, tras las elecciones generales. La revolución había sido obra del pueblo de París, pero la instauración del sufragio universal masculino dio un enorme poder político al voto conservador del campesinado. Los notables que habían desaparecido temporalmente reaparecieron y se hicieron con el poder real. Los resultados de las elecciones del 23 de abril de 1848 causaron una profunda decepción en los círculos republicanos progresistas cuando los republicanos moderados y los republicanos “del día después” (monárquicos y bonapartistas recién sumados a la República) se hicieron con la mayoría de los escaños. El 10 de mayo, el gobierno provisional dio paso a una Comisión Ejecutiva de la que Louis Blanc y Albert quedaron excluidos.

Para los “nuevos” dirigentes de Francia, los Talleres Nacionales son una aberración económica y social, y un peligro político. Les repugna la idea de que se pueda pagar a alguien para no hacer nada, y de que se implanten ayudas sociales cuando, según ellos, deberían depender de la caridad privada. Están fundamentalmente opuestos a que el Estado intervenga en el terreno económico y en la regulación de las relaciones laborales entre los empresarios y sus asalariados (se prohíben las huelgas y los sindicatos, y la aplicación de la legislación sobre el trabajo infantil se ve enormemente dificultada). Para ellos los Talleres Nacionales son un pozo financiero y un desastre moral: en palabras del conde de Falloux “una huelga organizada por 170.000 francos al día, a saber 45 millones al año (…), un foco activo de fermentación permanente (…), la alteración más desoladora del carácter tan glorioso y altivo del trabajador”. En realidad, el coste de los Talleres Nacionales en los presupuestos del Estado es mínimo, alrededor de 1%. Por otra parte, la incapacidad de la organización para proveer empleo suficiente hace que los obreros ociosos se vuelvan más permeables a la propaganda política, tanto de los republicanos y socialistas como de los bonapartistas (Ya en 1844 Luis Napoleón Bonaparte había publicado un panfleto de carácter social, L’Extinction du paupérisme (La extinción del pauperismo).

El fracaso de la manifestación del 15 de mayo de 1848 decapita el ala más progresista del movimiento republicano, encarcelando a líderes como Blanqui y Barbès. Al día siguiente se suprime la Comisión del Luxemburgo y la Asamblea Nacional amenaza a Louis Blanc con enjuiciarle. Se cierran las inscripciones a los Talleres Nacionales y en la Asamblea el conde de Montalembert y el conde de Falloux, miembros influyentes de la mayoría conservadora, denuncian el proyecto incesantemente. El 26 de mayo, Ulysse Trélat, ministro de Obras Públicas, cesa a Emile Thomas, director de los Talleres, para sustituirle por Léon Lalanne, lo que prefigura su cierre. Sin embargo, la Comisión Ejecutiva es reacia a suprimir ese símbolo del espíritu de la Revolución de febrero, y anula el decreto.

El 30 de mayo de 1848, la Asamblea vota que los obreros residentes desde hace menos de tres meses en París y en el departamento del Sena han de abandonar la capital. En paralelo el proyecto del gobierno de nacionalizar los ferrocariles, lo que permitiría superar la mala voluntad de las compañías privadas para abrir nuevas obras ferroviarias, precipita los acontecimientos. El 20 de junio, la Asamblea vota el cierre de los Talleres, y el 21 la Comisión Ejecutiva decide poner en aplicación el decreto del 24 de mayo: los obreros de 18 a 25 años entrarán en el ejército y los demás deberán estar listos para trabajar en obras públicas en provincias. Marie, miembro de la Comisión Ejecutiva, se niega violentamente a recibir una delegación obrera. Las primeras barricadas surgen entonces en las calles de París dando comienzo a la revuelta popular conocida como Jornadas de junio.

Notas y referencias[editar]

  1. Volver arriba Léon Lalanne, Rectification historique sur les ateliers nationaux, París, 1887.

Fuentes[editar]

  • Louis Blanc, Histoire de la Révolution de 1848, en línea en Gallica
  • Émile Thomas, Histoire des Ateliers Nationaux, París, Michel Lévy frères, 1848 (numerosos detalles sobre la organización y el funcionamiento de los Talleres Nacionales, dados por su director) en línea en Gallica
  • Georges Duveaux, 1848, colección Idées, Gallimard, 1965

FUENTE: https://es.wikipedia.org/wiki/Talleres_Nacionales_(Francia)

https://fr.wikipedia.org/wiki/Ateliers_nationaux


Proudhon y el socialismo de 1848

Carlos Gide y Carlos Rist

CAPÍTULO SEGUNDO

La Revolución de 1848 y el descrédito del socialismo


 

La Revolución de 1848 proporcionó a los socialistas de todos los matices, que desde 1830 a 1848 habían preconizado reformas radicales, una ocasión única de unir la acción a la teoría.

Desde febrero hasta junio, durante los cuatro meses que preceden al sangriento aplastamiento de la RepÚblica social por la República burguesa, los proyectos de toda especie, discutidos desde hacía tantos años en ]os libros v en los periódicos, parecen estar a punto de llegar a su final. Durante algunas semanas se hubiera dicho que esto no tenía nada de imposible: Derecho al trabajo, Organización del trabajo, Asociación y tantas y tantas fórmulas a las que un golpe de varita de virtudes se creería que iba a transformar en realidades.

Algunos entusiastas se ensayan en ellas, y esto es, ¡ay!, para conseguir solamente llegar con mayor rapidez al más lamentable de los fracasos. Puestas a prueba sucesivamente, todas las fórmulas resultan vacías; la malquerencia de los unos, la impaciencia de los otros, la torpeza y el apresuramiento de sus mismos promotores, hacen caer, uno tras otro, a todos los experimentos en lo ridículo o en lo odioso: La opinión, fatigada, acaba por confundir y envolver en una misma reprobación a todos los reformadores.

Para la historia de las ideas sociales, el año 1848 es, pues, una fecha memorable. El socialismo idealista de San Simón, de Fourier, de Luis Blanc, se ve abrumado por el peso de un descrédito, en apariencia definitivo: a los ojos de los escritores burgueses está aniquilado para siempre; Reyhaud, al redactar, en 1852, para el Diccionario de Economía Política, de Coquelin y Guillaumin, el artículo Socialismo, escribía: Hablar de él es casi como pronunciar una oración fúnebre … El esfuerzo está agotado; la fuente, exhausta. Si el espíritu de vértigo vuelve otra vez todavía a reconquistar su preponderancia, tendrá que ser bajo otra forma y con otras ilusiones.

A los ojos de los socialistas ulteriores, ya no merece la pena ni de ocuparse de él. Según Marx, se englobará a todos sus predecesores bajo el título un poco despectivo de utopistas, y se contrapondrá a sus fantasías el socialismo científico del Capital. Entre aquéllos y éste hay como un gran hueco, y este hueco, esta rotura, es 1848. Veamos cómo se ha producido, y para ello pasemos rápidamente revista a los más importantes de estos apresurados experimentos.

En primer lugar, el Derecho al trabajo. Esla fórmula de Fourier, desarrollada por Considérant y adoptada por Luis Blanc y por muchísimos otros demócratas, ha llegado a ser bajo el reinado de Luis Felipe extremadamente popular. Proudhon la ha llamado la verdadera y única fórmula de la Revolución de febrero, y decía: Dadme el derecho al trabajo y os cedo a vosotros la propiedad (1).

En el sentir de los obreros, el primer deber del Gobierno provisional era el de llevarla a la práctica. El 25 de febrero, bajo las presiones ejercidas por un pequeño número de obreros parisienses, que acudieron a las Casas Consistoriales, se apresuraba el Gobierno a reconocerlo, y el Decreto en que lo hacia, redactado por Luis Blanc, comenzaba así: El Gobierno provisional de la República francesa se compromete a garantizar la existencia del obrero por el trabajo: Se compromete a garantizar trabajo a todos los ciudadanos. Desde el día siguiente, y para dar sanción práctica al nuevo principio, otro Decreto anunciaba el establecimiento inmediato de talleres nacionales, bastando para ser admitido en ellos hacerse inscribir a tal fin en cualquiera de las Alcaldías de barrio de París.

En su libro de 1841, Luis Blanc había reclamado la creación de talleres sociales; la opinión pública, engañada y confundida por la analogía de los nombres y ayudada, además, por los adversarios del socialismo, creyó ver en los talleres nacionales la obra de aquél. Nada más inexacto, pues los talleres sociales eran como sabemos, unas cooperativas de producción, al paso que los talleres nacionales eran simples canteras de trabajo para ocupar a los obreros que no lo tenían. En muchas épocas de crisis -en 1790 y en 1830- ya se habían establecido otros semejantes, con el nombre de talleres de caridad, y, por otra parte, no fue Luis Blanc, sino Marie, ministro de Obras públicas, el que los organizó. Lejos de hacer una labor socialista, el Gobierno provisional vió rápidamente en dichos talleres, por el contrario, un medio de alistar obreros, precisamente para hacer fracasar las tendencias socialistas de la Comisión del Luxemburgo, presidida, como pronto vamos a ver, por Luis Blanc, colocando al frente de los mismos a uno de sus adversarios declarados, al ingeniero Emilio Thomas, que ha contado él mismo, ya desde 1849, en su Historia de los talleres nacionales, el espíritu con que los hubo de dirigir, de acuerdo con la mayoría antisocialista del Gobierno provisional (2).

Mas este cálculo se vió prontamente frustrado, y los que contaban con utilizar los talleres nacionales en beneficio de su política se salieron de su cauce. La Revolución había hecho aumentar grandemente el número de los obreros sin trabajo, ya muy numeroso a consecuencia de la crisis económica de 1847. La apertura de esas canteras hizo, además, que afluyeran a París todos los de provincias, y, en lugar de los 10.000 que se esperaban, a fines del mes de marzo llegaban a 21.000 los obreros inscritos, y a finales de abril habían subido hasta la cifra de 99.400.

A estos obreros se les pagaban dos francos por día, cuando trabajaban, y un franco cuando no había ningún trabajo que darles; al cabo de muy poco tiempo ya no se sabía en qué ocuparlos. La mayor parte de ellos, cualquiera que fuese su oficio, estaban empleados en hacer desmontes enteramente inútiles y que bien pronto llegaron a ser insuficientes, introduciéndose el descontento entre las filas de este ejército de desgraciados, humillados del ridículo trabajo en que se les empleaba y poco satisfechos, además, de lo módico de un salario superior, sin embargo, al valor del trabajo que hacían. Los talleres se convirtieron en un foco de agitación política, y entonces el Gobierno, espantado a su vez y apremiado por la Asamblea nacional, no pensó más que en una cosa: en licenciarlos.

Bruscamente, el 21 de junio, un Decreto ordenó a todos los jóvenes de diecisiete a veinticinco años inscritos en los talleres, bien que se alistaran en el ejército, bien que se volvieran a sus pueblos respectivos, en donde les aguardaban nuevos trabajos de desmonte. Exasperados los obreros, se sublevaron: el 23 de junio estalló la revuelta, y reprimida, por fin, al cabo de tres días, después de haber hecho millares de víctimas, dejó a todo el país bajo una penosa impresión de terror y de reacción.

Con la lógica unilateral de los partidos políticos, se hizo responsable de este desastroso experimento al principio del Derecho al trabajo, que con esto parecía definitivamente condenado, lo cual se vió muy bien cuando se empeñaron en la Asamblea nacional los debates sobre la Constitución.

Pocos días escasamente antes de los disturbios, el proyecto de Constitución presentado el 1° de junio por Armando Marrast todavía reconocía el derecho al trabajo: La Constitución -decía en su artículo 2°- garantiza a todos los ciudadanos la libertad, la igualdad, la seguridad, la instrucción, el trabajo. la propiedad, la beneficencia; pero en el nuevo proyecto presentado el día 29 de agosto, después de las tristes jornadas de junio, aquel artículo había desaparecido y en él solamente se reconocía el derecho a la beneficencia.

Al discutirse el artículo, fue presentada una enmienda por Mateo de la Dróme, en la que se restablecía el derecho al trabajo, y entonoces dió principio un resonantísimo debate, en el que Thiers, Lamartine y Tocqueville combatieron la enmienda defendida por los republicanos radicales Ledru-Rollín, Cremieux y Mateo de la Dróme (3). Los socialistas se callaron: Luis Blanc estaba en el destierro, Considerant se hallaba enfermo y Proudhon tenía miedo de contrariar o espantar a sus adversarios y de comprometer a sus amigos. La opinón de la Asamblea estaba, por lo demás, formada de antemano: la enmienda fue rechazada, y el artículo 8° del preámbulo de la Constitución de 1848 consigna únicamente: La República debe asegurar, mediante una beneficencia fraternal, la existencia de los ciudadanos necesitados, ya sea procurándoles trabajo, dentro de !os límites de sus recursos, ya sea proporcionando socorros. en defecto de la familia, a los que no se encuentren en situación de trabajar.

La organización del trabajo era, bajo la Monarquía de junio una fórmula no menos popular que la del derecho al trabajo. Cuando la revolución estalló, los obreros reclamaron el cumplimiento de aquélla con una insistencia igualmente amenazadora. Por una casualidad verdaderamente única, el creador de la fórmula era miembro del Gobierno provisional, y así, cuando el dia 28 de febrero, tres días después del reconocimiento del derecho al trabajo, acudieron en masa los obreros a reclamar la creación de un Ministerio del Progreso, la organización del trabajo, la abolición de la explotación del hombre por el hombre, Luis Blanc aprovechó prestamente la ocasión y suplicó a sus colegas que accedieran, a pesar de sus resistencias, a los deseos de los obreros. ¿Acaso no habia reclamado él mismo, para el Poder, la iniciativa de las reformas sociales? Llevado por la Revolución a formar parte del Gobierno, ¿cómo iba a poder sustraerse a esta responsabilidad? A duras penas le persuadieron sus colegas para que se contentara con una sencilla Comisión de gobierno para los trabajadores, que prepararía, bajo su presidencia, los proyectos de reforma que habrían de someterse después a la Asamblea nacional; y para precisar mejor el contraste entre el antiguo régimen y el nuevo, la Comisión celebraría sus deliberaciones en el Palacio del Luxemburgo, en donde hasta entonces había tenido su asiento la Cámara de los Pares.

La Comisión del Luxemburgo se componía de representantes elegidos por los obreros y por los patronos, en nümero de tres por cada industria. Dichos representantes, muy numerosos, se reunían en Asamblea general para discutir los informes, preparados por un Comité permanente compuesto de diez obreros y diez patronos, a los cuales adjuntó Luis Blanc economistas liberales y escritores socialistas: Le Play, Dupont-White, Wolowski, Considérant, Pecqueur, Vidal; invitado Proudhon, se excusó, negándose a formar parte de la misma. En realidad fueron los obreros, casi únicamente, los que asistieron a las asambleas.

La Comisión, aunque privada de todo medio de acción, hubiera podido, sin embargo, prestar algunos servicios. Pero Luis Blanc vió en ella, sobre todo, como lo dijo más tarde, una soberana ocasión para el socialismo de tener a su disposición una tribuna desde la cual podría hablar a Europa entera (4). Continuando en su papel de orador y de escritor, consagró la mayor parte de las sesiones a desarrollar elocuentemente las teorías expuestas ya en La organización del trabajo (5). Vidal y Pecqueur recibieron el encargo de elaborar proyectos positivos, y una larga Exposición que se publicó en el Monitor (6), propusieron todo un plan de socialismo de Estado: talleres o colonias agrícolas, factorías bajo la gestión del Estado, bazares que sirvieran de almacenes de venta y que permitiesen, gracias al mecanismo de los warrants, prestar sobre mercancías al mismo Estado, centralización de los seguros -excepto de los seguros sobre la vida- en manos del Estado, y, finalmente, transformación del Banco de Francia en un Banco de Estado, que democratizara el crédito y redujera el tipo del descuento a una sencilla prima de seguro contra los riesgos. Fue Vidal, más que Pecqueur, quien redactó el informe, en al que se vuelven a encontrar algunos de los proyeclos expuestos por él mismo, tiempo atrás, en su libro De la distribución de las riquezas.

Ninguno de estos proyectos fue siquiera discutido por la Asamblea Naciional; la única obra positiva de la Comisión y de Luis Blanc le fue impuesta por los obreros: es el famoso Decreto de 2 de marzo, que abolía los intermediarios en el trabajo y reducía a diez horas en París y a once en provincias la jornada de labor. Este Decreto, que es uno de los primeros rudimentos de la legislación obrera en Francia, y que, por otra parte, no fue aplicado, le fue arrancado a Luis Blanc por los primeros obreros llegados a la Comisión, y que se negaron a tomar asiento en ella mientras no se les diera esa satisfacción.

A la misma Comisión hay que apuntarle también en su haber un cierto número de felices conciliaciones, llevadas a cabo por su mediación entre obreros y patronos.

No solamente la Comisión no hizo nada duradero, sino que defraudó bien pronto al público, degenerando en círculo político: se ocupó de las elecciones, intervino incluso en las revueltas callejeras, y tomó parte, finalmente, en la manifestación del día 15 de mayo, que, bajo el pretexto de intervenir en favor de Polonia, concluyó con la invasión de la Asamblea Nacional por las turbas de la plebe. Luis Blanc no había aguardado este acontecimiento para retirarse, sino que ya no formaba parte del Gobierno, reemplazado desde la reunión de la Asamblea Nacional por una Comisión ejecutiva, y el día 13 de mayo presentaba su dimisión de presidente. A partir de aquel momento, la Comisión del Luxemburgo se consideró como disuelta, y así, lo mismo que los talleres nacionales, desapareció en la impotencia, sin dejar otro vestigio que el descrédito arrojado en la opinión sobre las ideas socialistas.

Quedaban todavía las Asociaciones obreras. El principio de asociación era el punto común por donde establecían su contacto todas las teorías socialistas nacidas durante la primera mitad del siglo. Excepto Proudhon (7), que seguía encerrado en su aislamiento, los reformadores la habían preconizado a porfía como el inslrumento específico de la emancipación de los trabajadores: era, pues, natural intentar en gran escala el experimento.

En su declaración de 26 de febrero, el Gobierno provisional al lado del derecho al trabajo, proclamaba que los obreros deben asociarse entre sí para disfrutar del beneficio de su trabajo, y Luis Blanc, desde su llegada al Poder, trató de orientar sus esfuerzos en este sentido, concibiendo él la asociación en forma de sociedades cooperativas de producción, sostenidas por el Estado. Ya, como hemos visto, bajo la influencia de Buchez, un antiguo sansimoniano, republicano y católico, fundador del periódico El taller, se había constiluído en 1834 la asociación de obreros de bisutería, si bien esta tentativa había sido única.

Luis Blanc fue más afortunado; fundó sucesivamente una asociación de sastres; después, de guarnicioneros; luego, de hiladores y cordoneros, para las cuales consiguió del Gobierno encargos de túnicas, de sillas de montar y de charreteras. Otras asociaciones siguieron a éstas, y el día 5 de julio la Asamblea Nacional se interesaba bastanle por estos experimentos, hasta votar con destino a los mismos un crédito de tres millones. Una buena parte de estos fondos pasaron a poder de simples asociaciones mixtas de patronos y obreros, fundadas con un fin especulativo, para beneficiarse con las larguezas gubernamenlales. Las asociaciones puramente obreras recogieron, sin embargo, más de un millón, y de ellas existían un centenar en 1849.

Pero este primer movimiento cooperativo, inspirado en las ideas de Luis Blanc, fue de corta duración. La Asambiea Nacional había tenido buen cuidado de someter las nuevas asociaciones a la fiscalización ministerial, encargando a un Consejo de Fomento, nombrado por el ministro, la fijación de las condiciones de los préstamos, y este Consejo se apresuró a publicar un modelo de estatutos, que dejaba escasísima libertad a las asociaciones para su organización interior, y muchas de ellas sucumbieron rápidamente por falta de encargos. Después del golpe de Estado se obligó a que se disolvieran todas aquellas que no adoptaran una de las tres formas prevenidas por el artículo 19 de Código de Comercio -sociedad con nombre colectivo; en comandita o anónima-, hasta el extremo de que en 1855, según Reybaud, ya no quedaban más que nueve de las que habían sido subvencionadas en 1848. Las escasas cooperativas de consumo o, como se decía entonces, asociaciones para la vida barata, que se fundaron en París, Lila, Nantes, Grenoble, fueron igualmente disueltas.

De esta manera, todas las tentativas -las únicas que no hubieran comprometido directamente la causa de las reformas- fracasaban a su vez, desapareciendo, en parte, por culpa de las circunstancias políticas, en parte también por culpa de los mismos fundadores, mal preparados aún para las dificultades de la asociación, y no dejando en la clase obrera más que un profundo descorazonamiento y el recuerdo de una gran decepción.

Uno tras otro, los experimentos socialistas de 1848 se habían, pues, hundido completamente, arrastrando en su naufragio las teorias de sus inspiradores. Quedaba todavia una tentativa por ensayar, aquella a la que Proudhon ha dejado unido su nombre: el crédito gratuito; pero no debía llegar a un resultado más lisonjero que las anteriores.


 

Notas

(1) El derecho al trabajo y el derecho de propiedad, folleto, 1848,páginas 4, 5 y 58.

(3) Todos estos discursos fueron publicados, poco después, en un volumen titulado El derecho al trabajo.

(4) Luis Blanc: Historia de la Revolución de 1848, tomo II, pág. 135.

(5) Véanse estos dIscursos en su folleto La Revolución de Febrero en el Luxemburgo, París, 1849.

(6) Monitor, de los días 27 de abril, 2, 3 y 6 de mayo de 1848. La Exposición general fue interrumpida en esta fecha por la disolución de la Comisión; pero Vldal -en su libro ¡Vivir trabajando! Proyectos, camínos y medios de reformas sociales, 1848- ha publicado el resto de la Exposición general, que comprende un proyecto de crédito territorial y agrícola, un proyecto de incautación de las tierras por el Estado, encaminada a suprimir la renta del suelo; un proyecto de reversión de los ferrocarriles, canales y minas y un proyecto de hoteles económicos o habitaciones baratas. Es éste un ejemplo interesante de ese socialismo de Estado, al que se sumaban en 1848 mucbos espíritus.

(7) Véase el Capítulo Primero.

(2) Todos los historiadores se muestran de acuerdo acerca de este particular, que Luis Blanc ha desarrollado ampliamente en su Historta de la Revolución de 1848, capítulo XI. Los testimonios de los contemporáneos son, por lo demás, muy significativos, especialmente el de Lamartine, en su HIstoria de la Revolución de 1848, tomo II, pág. 120: Mandados, dirigidos, contenidos por unos jefes que poseían los pensamIentos secretos de la parte antisocialista del Gobierno, esos talleres contrabalancearon, hasta el advenimiento de la Asamblea nacional, a los obreros sectarios del Luxemburgo y a los obreros sediciosos de los Circulos de los Clubs. Por la enormidad y la inutilidad de sus trabajos escandalizaron a las gentes de Paris, pero protegieron y salvaron muchas veces a Paris, sin que el mismo llegara a darse cuenta. Muy lejos de estar a sueldo de Luis Blanc, como se ha dicho, estaban inspirados por el espíritu de sus adversarios. Emilio Thomas cuenta –Historia de los talleres nacionales, págs. 146 y 147- que el dla 23 de mayo le llamó Marie, y cuando estuvo en su despacho le preguntó, en voz muy baja, si podía contar con los obreros de los talleres nacionales. Encuentre usted un medio de que le estén sinceramente adictos; no escatime para ello el dinero; en caso de necesidad. Incluso se lo daría a usted de los fondos secretos. Thomas le preguntó que con qué fin aquello: Con el fin de la salvación pública. ¿Cree usted que puede disponer enteramente de sus hombres? No está, quizá, lejano el día en que será necesario echarlos a las calles.

 

FUENTE: http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/politica/banco/2.html


La revolución de 1848

La oleada revolucionaria que se extendió durante 1848 por gran parte de Europa, además de su significado político tuvo un marcado carácter social. Francia, Austria, Alemania, Suiza, al igual que otros estados, constituyeron escenarios en los que la clase trabajadora intervino en forma de protestas y motines junto a la pequeña burguesía liberal, frente a los intereses de la alta burguesía que acaparaba los resortes del poder.

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Sus demandas se centraron en una ampliación de los derechos y libertades conquistados durante la Convención Nacional francesa de 1793: sufragio universal masculino, democracia, asistencia social a los desfavorecidos, derecho al trabajo, libre sindicación, etc.

La experiencia de 1848 fue especialmente relevante en Francia, donde la presión social forzó la caída de la monarquía de Luis Felipe, el llamado “rey burgués” y forzó la proclamación de la Segunda República.

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El socialista Louis Blanc, ministro de Trabajo durante el gobierno provisional republicano, creó los “Talleres Nacionales” y fijó la jornada máxima de trabajo en 10 horas, intentando absorber el enorme paro que asolaba el país. El cierre de los Talleres Nacionales acaecido tan solo unos meses más tarde de su apertura significó el fracaso de quienes pretendían dar contenido social a unas reivindicaciones que habían ido más allá de lo meramente político.
La proclamación de Luis Napoleón como presidente de la República y la posterior abolición de ésta mediante un autogolpe de estado tres años más tarde, expresó el fallido el empeño de los trabajadores en poner fin a las desigualdades económicas y mejorar sus pésimas condiciones laborales y sociales.

La enseñanza que el movimiento obrero extrajo de la frustrada experiencia revolucionaria fue que en lo sucesivo sólo debía confiar en sus propias fuerzas, rechazando posibles alianzas con cualquier sector de la burguesía. Se organizó en sindicatos y emprendió la acción política de la mano del marxismo y el anarquismo.

Conclusiones sobre las revoluciones de 1848

La oleada revolucionaria de 1848 se inició -al igual que la de 1830- en Francia y se extendió a continuación por gran parte de Europa. Es conocida con el nombre de “primavera de los pueblos”.

Sus causas fueron:

La crisis económica desatada en Francia en 1847 como consecuencia de una serie de malas cosechas, en especial la de patatas, alimento básico para las clases populares. La crisis agraria influyó en los sectores industrial y financiero, llevando al paro a muchos obreros.

La negación de derechos y libertades a importantes sectores de la sociedad francesa: la monarquía de Luis Felipe de Orleans sólo satisfacía los intereses de la alta burguesía, en tanto que la pequeña burguesía como el proletariado quedaban política y económicamente desatendidos.

Hay que distinguir entre los sucesos de Francia y el resto de Europa:

Francia

En febrero la insurrección, protagonizada por sectores pequeño-burgueses, obreros y estudiantes forzó la abdicación de Luis Felipe y la proclamación de la IIª República bajo un régimen de acusado matiz social que implementó las siguientes medidas: sufragio universal masculino (frente al censitario), libertad de prensa, libertad de asociación y derecho al trabajo.

El gobierno provisional contó por primera vez con miembros socialistas (Louis Blanc) que implantó la jornada laboral de 10 horas. Además, con el fin de mitigar el paro obrero (más de 100.000 desempleados solo en el distrito de París) fueron creados los Talleres Nacionales, impulsados desde el Estado, si bien constituyeron un fracaso y fueron clausurados tras pocos meses de funcionamiento.
En junio la revolución se radicalizó y la pequeña burguesía que había estado del lado de las clases obreras se alió con la alta burguesía. La lucha contra el absolutismo se transformó en una lucha interclasista entre burgueses y obreros que se saldó con una fuerte represión (más de 1.500 ejecutados).

Tras la aprobación de la Constitución fue nombrado presidente de la República Luis Napoleón Bonaparte, sobrino de Napoleón, quien en 1852 se proclamó emperador con el nombre de Napoleón III, dando al traste con la mayor parte de las reivindicaciones revolucionarias e inaugurando el Segundo Imperio francés.

El resto de Europa

Imperio Austríaco

Se produjo la caída y huida de Metternich y el emperador Fernando I hubo de aceptar la formación de una Asamblea Constituyente. Las reinvinciaciones nacionalistas se unieron a las liberales, especialmente en Hungría y Chequia, que lograron cierta autonomía dentro del Imperio.

Alemania

La revolución en Alemania también tuvo una marcado signo nacionalista. Federico Guillermo IV de Prusia hubo de aceptar una Constitución de base censitaria.

Italia

La revuelta estuvo cargada de significado nacionalista y sirvió -pese a su fracaso- de punto de partida en el proceso de unificación.

En Nápoles se implantó una monarquía constitucional que sustituyó al absolutismo; en los Estados Pontificios la sublevación hizo huir al Papa y se constituyó una república; el reino de Lombardía-Véneto se sublevó contra los austríacos y en el reino del Piamonte se creó una monarquía constitucional que se convirtió en el motor de la unidad italiana.

Balance de las revoluciones de1848

Aunque las revoluciones de 1848 fracasaron, su experiencia influyó poderosamente en las ideologías obreras del siglo XIX.

Socialmente

Los distintos grupos que se unieron en los inicios de la revolución se alejaron luego al defender distintos objetivos:

Una buena parte de la pequeña burguesía, temerosa de una revolución social, abandonó su alianza con el proletariado y se unió a la gran burguesía, aunque a lo largo del siglo XIX las diferencias entre ambas fueron bien patentes y se materializaron en las luchas políticas entre moderados y radicales.

El proletariado comenzó a adquirir conciencia de clase y, si bien actuó desorganizadamente, se constituyó como un movimiento autónomo desgajado de los intereses burgueses.

Los campesinos, una vez conseguida su liberación del régimen señorial, se condujeron de forma muy moderada y su objetivo en el futuro sería preservar las conquistas conseguidas.

Políticamente

A pesar de ese aparente fracaso, los hechos acontecidos en 1848 supusieron el inicio de una progresiva democratización (sufragio universal) y la incorporación a la lucha política de la clase trabajadora.

FUENTE: http://ofertasempleo.net/ver-oir-leer/la-revolucion-de-1848


MARX PIQUETERO: “los Talleres Nacionales habían constituido la fuerza de combate organizada del proletariado revolucionario”
En el conflicto entre la Constituyente y el presidente, aquélla no podía remitirse a la votación general como a su fuente, pues precisamente el adversario apelaba de ella al sufragio universal. No podía apoyarse en ninguna autoridad constituida, pues se trataba de la lucha contra el poder legal. No podía derribar el ministerio con votos de censura, como lo intentó todavía el 6 y el 26 de enero, pues el ministerio no pedía su voto de confianza. No le quedaba más que un camino: el de la insurrección. Las fuerzas de combate de la insurrección eran la parte republicana de la Guardia Nacional, la Guardia Móvil y los centros del proletariado revolucionario, los clubs. Los guardias móviles, estos héroes de las jornadas de Junio, constituían en diciembre la fuerza de combate, organizada de la fracción burguesa republicana, como antes de junio los Talleres Nacionales habían constituido la fuerza de combate organizada del proletariado revolucionario. Y así como la Comisión Ejecutiva de la Constituyente dirigió su ataque brutal contra los Talleres Nacionales cuando tuvo que acabar con las pretensiones ya insoportables del proletariado, el ministerio de Bonaparte hizo lo mismo con la Guardia Móvil, cuando tuvo que acabar con las pretensiones ya insoportables de la fracción burguesa republicana. Ordenó la disolución de la Guardia Móvil. La mitad de sus efectivos fueron licenciados y lanzados al arroyo, y a la otra mitad se le cambió su organización democrática por otra monárquica y se le redujo la soldada a la corriente de las tropas de línea. Los guardias móviles se encontraron en la situación de los insurrectos de Junio, y la prensa publicaba diariamente confesiones públicas en que aquéllos reconocían su culpa de Junio e imploraban el perdón del proletariado.
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Tras el triunfo revolucionario en febrero (ver otra entrada de este Blog), se formó un Gobierno Provisional compuesto por siete republicanos (moderados de Lamartine y radicales de Ledru Rollin) y tres socialistas. Una combinación de burgueses y obreros que  no podía ser mus estable debido a lo encontrado de sus intereses.
Marx criticó que los obreros colaborase con la burguesía en vez de atender a sus intereses revolucionarios. Señaló que el proletariado de París se dejó llevar por una “generosa borrachera de fraternidad”.
Este Gobierno Provisional aprobó una serie de disposiciones de urgencia para calmar a las masas:
  • Se proclamó oficialmente la República. Lamartine discutía con los obreros de las barricadas sobre quién tenía que proclamar la República, según Lamartine se debía hacer desde el Gobierno. La primera proclamación de la República la hizo un grupo de republicanos armados que penetró en la Cámara. Más tarde lo hizo oficialmente el Gobierno.
  • Se estableció el sufragio universal.Ahora podían votar en Francia unos 9 millones de personas, antes sólo lo hacían unos 250.000. Esta medida, a la larga se volvió contra la revolución ya que los campesinos iban a ser influenciados fácilmente por el clero y la nobleza.
  • Creación de los Talleres Nacionales. Fue una idea de Blanc. Se pensaron como un remedio para aliviar el paro. Sin embargo, nunca se les asignó un trabajo importante para que no fueran una competencia para la industria privada burguesa. A pesar de ello, la burguesía los vio muy mal. Lógicamente, tuvieron buena acogida entre los obreros, hubo muchas solicitudes para trabajar en ellos, en marzo ya trabajaban unas 25.000 personas que eran 200.000 en junio.
  • Jornada laboral de 10 horas en París (11 en Departamentos).
  • Libertad de Huelga.
  • Supresión de la pena de muerte.
  • Abolición de la esclavitud en las colonias.
Para  calmar los ánimos contra la República de los países europeos, el 4 de marzo, Lamartine publicó el Manifiesto de tono apaciguador dirigido a Europa que estaba recelosa acordándose de lo sucedido tras la revolución de 1789. En él declaraba que Francia no pretendía llevar adelante ninguna guerra revolucionaria y que respetarían las fronteras de 1.815. Francia sólo buscaba la fraternidad y la paz.
“La Revolución francesa acaba de entrar en un periodo definitivo. Francia es una República, la República Francesa no tiene necesidad de ser reconocida para existir. Es de derecho natural, es de derecho nacional… Sin embargo la República desea entrar en la familia de los gobiernos instituidos como una potencia normal, y no como un fenómeno perturbador del orden europeo.La proclamación de la República Francesa no es un acto de agresión contra ninguna forma de gobierno del mundo. Las formas de gobierno tienen diversidades tan legitimas como las diversidades de carácter, de situación geográfica y de desarrollo intelectual, moral y material de los pueblos. Las naciones tienen, como los individuos, edades diferentes. Los principios que las rigen tienen fases sucesivas. Los gobiernos monárquicos, aristocráticos, constitucionales, republicanos, con la expresión de los diferentes grados de madurez del genio de los pueblos. La República ha atravesado la era de las proscripciones y de las dictaduras. Está decidida a no violar jamás la libertad en el interior. Está igualmente decidida a no violar jamás su principio democrático en el exterior. El sentido de estas tres palabras (Libertad, Igualdad y Fraternidad) aplicadas a nuestras relaciones exteriores es: emancipación de Francia de las cadenas que pesan sobre su principio y su dignidad, recuperación del rango que debe ocupar entre las naciones europeas, en fin, declaración de alianza y amistad con todos los pueblos”.  Lamartine, Manifiesto a Europa. 1948 Apareció una nueva presión social, clubs y periódicos piden medidas más revolucionarias.  Por otro lado, señala Marx,  que para la burguesía era necesario librarse de los obreros si quería llevar adelante sus objetivos. Optó por la política de enfrentar a los obreros unos contra otros, por ejemplo a los que trabajaban en las fábricas de la burguesía con lo que lo hacían en los Talleres Nacionales. El 23 de abril (1848) se celebraron elecciones para la Asamblea Constituyente. La participación fue muy alta, el 84 % de los electores. De los comicios salió una Asamblea liberal moderada: 500 seguidores de Lamartine, 300 monárquicos y 100 socialista o de La Reforma. Fue una gran desilusión para los obreros, primer paso atrás de la revolución. Parece que fue decisivo el voto conservador de los campesinos y de los pequeños propietarios. Los obreros veían cómo la República se alejaba de ellos. Movilizados convenientemente, en mayo, los trabajadores se introdujeron por la fuerza en la Asamblea Nacional y la declararon disuelta. Pensaban que la revolución política de febrero debía acompañarse de una revolución social. La Guardia Nacional restableció la Asamblea y arrestó a algunos diputados de izquierda. La Asamblea, conservadora, decidió dar la batalla decisiva a  los obreros. Como primeras medidas se decretó el cierre de los clubs y la disolución de los Talleres Nacionales de París. A los trabajadores de estos Talleres se les ofreció alistarse en el ejército (especialmente a los solteros) o ir a los Talleres provinciales, de no aceptar ninguna de estas soluciones serían expulsados de París. Una medida valorada de diferente forma: “¿se trata de una política de riesgo calculado – mal calculado – o de un deseo determinado de acabar de una vez por todas con el socialismo?” (Guy Palmade). Tocqueville señaló que el movimiento revolucionario surgido en febrero solo podía ser frenado por una gran batalla lobrada en París y “lo deseable era que se aprovechase la primera oportunidad para librarla”. Es decir, que la burguesía pudo jugar a provocar a las masas revolucionarias para justificar su represión.  Lo que parece claro es que la burguesía no iba a dejar la revolución en manos de los obreros. Los obreros no podían estar mas desilusionados ¿para estos habían hecho una revolución? Podían resignarse o luchar, se decidieron por esto último. Entre el 22 y el 26 de junio (“sangrientos días”), los obreros tomaron las armas (unos 20.000 miembros de los Talleres Nacionales, trabajadores en general, algunos pequeños propietarios de talleres, etc.). No tenían un programa específico, “antes morir que recaer en la miseria”. El Ejército, al mando del general Cavaignac, tuvo más dificultades de las previstas para acabar con los obreros a pesar de que éstos no tenían una jefatura eficaz. Al fin se impuso la fuerza y la sublevación fue severamente reprimida tras tres días de combates. Cavaignac fue aclamado por la Asamblea como salvador de la República. El  balance de la represión no deja lugar a dudas de la dureza empleada por la burguesía: 1.500 muertos en las reyertas, 1.500-2.000 muertos en la represión, 8.500 heridos, 25.000 detenidos, 4.000 deportados a Argelia y 10.000 condenados a largas condenas (hay diferentes interpretaciones en cuanto a las cifras).  La represión se completó con una serie de medidas de las que podemos destacar: se derogó la jornada de 10 horas, se restringió el derecho de Asociación, se rechazó la creación de un impuesto sobre el capital, etc. De las conquistas de febrero sólo queda la República y el sufragio universal.
La “batalla de París”, como denominan algunos a este levantamiento, fue una auténtica lucha de clases que estremeció a Francia y a Europa. Según Marx, la primera batalla de clases en la sociedad moderna. Realmente aún no había peligro de una revolución socialista en Europa, pero el temor a ella estaba ahí. “La importancia de la insurrección de Junio no reside en lo que realmente fue, sino en lo que el pueblo creyó que había sido. Había nacido un poderoso mito”. (Grenville) Tras los sangrientos de junio, el panorama era muy negro para los obreros y el socialismo. Sin embargo, Marx,  en su obra “La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850”, dice que este comportamiento tan reaccionario de la burguesa hizo madurar las tensiones sociales que iban a propiciar el triunfo de la revolución social. En 1.848 “las relaciones sociales no se habían agudizado bastante para tomar una forma bien precisa de contradicciones de clase”.
“El proletariado de París fue obligado por la burguesía a hacer la insurrección de Junio. Ya en esto iba implícita su condena al fracaso. Ni su necesidad directa y confesada le impulsaba a querer conseguir por la fuerza el derrocamiento de la burguesía, ni tenía aún fuerzas bastantes para imponerse esta misión. El “Moniteur” hubo de hacerle saber oficialmente que habían pasado los tiempos en que la república tenía que rendir honores a sus ilusiones, y fue su derrota la que le convenció de esta verdad: que hasta el más mínimo mejoramiento de su situación es, dentro de la república burguesa, una utopía; y una utopía que se convierte en crimen tan pronto como quiere transformarse en realidad. Y sus reivindicaciones, desmesurados en cuanto a la forma, pero minúsculas e incluso todavía burguesas por su contenido, cuya satisfacción quería arrancar a la república de Febrero, cedieron el puesto a la consigna audaz y revolucionaria: ¡Derrocamiento de la burguesía! ¡Dictadura de la clase obrera!
Al convertir su fosa en cuna de la república burguesa, el proletariado obligaba a ésta, al mismo tiempo, a manifestarse en su forma pura, como el Estado cuyo fin confesado es eternizar la dominación del capital y la esclavitud del trabajo. Viendo constantemente ante sí a su enemigo, lleno de cicatrices, irreconciliable e invencible —invencible, porque su existencia es la condición de la propia vida de la burguesía—, la dominación burguesa, libre de todas las trabas, tenía que trocarse inmediatamente en terrorismo burgués. Y una vez eliminado provisionalmente de la escena el proletariado y reconocida oficialmente la dictadura burguesa, las capas medias de la sociedad burguesa, la pequeña burguesía y la clase campesina, a medida en que su situación se hacía más insoportable y se erizaba su antagonismo con la burguesía, tenían que unirse más y más al proletariado. Lo mismo que antes encontraban en el auge de éste la causa de sus miserias, ahora tenían que encontrarla en su derrota.
Cuando la insurrección de Junio hizo engreírse a la burguesía en todo el continente y la llevó a aliarse abiertamente con la monarquía feudal contra el pueblo, ¿quién fue la primera víctima de esta alianza? La misma burguesía continental. La derrota de Junio le impidió consolidar su dominación y hacer detenerse al pueblo, mitad satisfecho, mitad disgustado, en el escalón más bajo de la revolución burguesa”  Marx, Op. Cit.

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